El día de todos los santos [III]

“Será posible que la caida tarde más esta vez?”, pensó mientras calculaba las posibilidades.
Magda había esperado aquel momento desde hacía cuatro años (ella era la que de niña disfrutaba de este juego). Nunca había estado tan cerca de él desde el funeral de su hija y la sola idea de estar a tan solo a unos centímetros de este hombre, le hacía sentir mareada, excitada. No sabía qué decir, ni que pensar y simplemente lo abrazó.

“Será posible que la caida tarde más esta vez?”, pensó también Javier mientras calculaba las posibilidades, mientras medía el tiempo, mientras jalaba las palancas de su imaginación morbosa recreando la escena roja y violenta de su desesperación al momento del ocaso de Laura. El abrazo de Magda lo turbó y por un momento perdió la cuenta regresiva. Solo fue un instante el que tardó en volver a concentrarse en el secundero de su reloj al pasar el brazo sobre el hombro de Magda.
“Incluso huele a ella”, pensó. “Todo igual, todo es igual”.

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