Todos mienten [I]

De niño siempre quise ser escritor ¿quién que tenga un blog hoy en día no lo ha querido? Al principio no sabía de qué escribir ya que nada me había pasado todavía, así que opté por leer mucho y robarme las ideas de otros.

A los 17 años devoraba libros con un hambre horrorosa. Todo me fascinaba, cada palabra, cada frase, cada pensamiento me era asombroso. Las ideas más disparatadas se me hacían ingeniosas maravillas que sólo podían salir de las mentes más interesantes de la historia. En esa época conocí a Miller. No sé cómo fue que llegué a toparme con él. No era más que un viejo amargado. Tener casi cincuenta años para mi era ser un viejo. A pesar de su permanente manera de ser negativo, escuchaba cada palabra de él como si salieran de la pluma de Platón, de Cervantes, de Nietzsche. Cada experiencia suya era abrumadoramente inquietante. Nada se le escapaba a este tipo. Había nacido en Nueva York y hacía un par de años que vivía en París. No mucho tiempo, eso sí ya que luego llegó a la pequeña ciudad en que yo vivía en el sur, en el gran sur de este pequeño país. Como decía, nada se le escapaba. A mi edad los otros muchachos ya se habían acostado con alguna mujer o al menos casi lo habían logrado, sin embargo el supo con un solo vistazo que yo no había conocido aquel placer. Por eso, quizá porque le daba lástima o quizá porque le daba algún tipo de envidia, se dedicó a la tarea de sacarme de mi pacatería y ayudarme a subirme arriba de alguna hembra. Una tarde me llevó a la calle Urreola, en la que se concentraban los prostíbulos más finos de la ciudad. Al entrar el mozo le acercó la silla y le preguntó mi edad. Él le contestó que yo era veterano de la guerra y, al igual que cualquiera, tenía el derecho de cogerme a una puta fina o la más fea vaca del puerto de NY. El mesero se rió y le trajo un jack daniels servido hasta arriba y con el hielo en un vaso aparte. Ahí me di cuenta que lo conocían y que la pregunta no era más que un formulismo. A la hora que llegamos no empezaba el espectáculo aún y no había más tres mujerzuelas aburridas sentadas en una mesa al fondo del lugar. Se tomaban una sopa de carne con papas y tallarines que se me hacía deliciosa ya que no comía desde el desayuno por ir a buscar a mi hermano a la escuela. Mi hermano era un vago y usualmente lo castigaban haciéndolo quedarse después de clases. Cuando por fin lo liberaron lo llevé a casa y volé a juntarme con Miller, que el día anterior me había dicho que iba a presentarme a unas fulanas amigas de él. Aún no llegaban las fulanas pero mientras tanto él notó que tenía hambre y deció que nos acercáramos a las putas que comían en el fondo. Las saludó y me presentó como su hijo. Una de las mujeres bromeó con que entonces yo me iba a quedar calvo también y todas rieron como si hubiera sido el un chiste de Seinfield o de Coco Legrand. Miller se apretó el estómago riendo y mientras carcajeaba le dijo a la menor de las tres que se compadeciera de mi y de mi hambre. La muchacha me miró de arriba a abajo como si acabase de descubrir que realmente yo estaba allí. Movió la silla y me hizo sentar a su lado, luego empezó a darme de la sopa con su mano mientras las otras y Miller no paraban de reír ahora viendo le escena. La verdad es que tenía tal excitación de estar cerca de esta tal Janet, que el hambre se me había pasado y sólo pensaba en qué me pasaría si me lanzaba sobre ella y comenzaba a quitarle la ropa desesperadamente. Ella debió adivinarme y metió la otra mano entre mis piernas. Comenzó a sobarme por debajo de la mesa sin que en su cara se notase ningún cambio. ¡Era el paraíso! Nada podía ser mejor en la vida. Comía de mano de una mujer que con la otra me la hacía con destreza profesional. No conseguí mucho más de Janet esa tarde pero estuvimos hasta pasada la medianoche intentando sin éxito que las mujeres nos llevaran gratis a sus cuartos. Miller fumaba como carretonero y la prostituta que estaba con él le seguía la marcha de cerca. La ropa se me impregnó a cigarrillo y sentía que los pulmones se me achicaban a cada respiro. Por fin el show comenzó y la pequeña Janet, que no pasó de 1,50 cm porque le dio peste a los 13 según me había dicho minutos antes, se levantó y se fue a preparar para su baile. El escenario no era mas que dos tablas con un gran espejo en el fondo y con una luz ultravioleta como un manto sobre todo el local. La música comenzó y Janet salió de detra´s de la cortina vestida con una ropa completamente distinta y con el pelo tomado en un moño con forma de tomate. Llevaba una blusa blanca holgada y una falda que le tapaba hasta las rodillas. Iba caracterizada de secretaria. “La secretaria lujuriosa”, rió Miller mientras me daba un codazo en las costillas.

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