¿quí te pa?

La noche en que conocí a Alfonsina caí en la cuenta que no habían maravillas más apasionantes que una mujer con ojos embriagantes. Carecía de todo pudor en admitir su ignorancia en muchas cosas pero a cambio tenía una admirable necesidad de saberlo todo, un deseo ávido de arrojarse con increíble anhelo y temeridad en áreas que se le ofrecían como novedosas puertas recién descubiertas, como cuevas insondables que por primera vez fueran iluminadas, como si por primera vez uno se diera cuenta de la eterna conversación entre dos gatos callejeros.

Ciertamente estos ejemplos no son tan descabellados luego de que pasáramos más de tres horas conversando sobre el idioma de los gatos (más bien la forma que tienen de comunicarse y hacer saber sus necesidades) de una reciente excavación arqueológica que encontró huesos de un animal nunca antes visto en las cuevas al norte de San Fernando y el programa de las puertas de Don Francisco, cuando hacía Sábados Gigantes en Chile y regalaba Fiat 500 recauchados.

Alfonsina me desconcertó con su candidez, me interesó por aquella forma de mirar las cosas como si acabaran de aparecer de la nada y por sus enormes y excitantes ojos café o , más bien, acaramelados como una miel oscura y densa, espesa por ser el arduo trabajo de miles de abejas fecundas.

– ¿quítepa?

– ¿qué?

– Te quedaste mirando la nada – me dice –  ¿quí-te-pa-só? jajaja

– … nada… la nada es embriagante. ¿no te sucede que a veces quieres quedarte sentado, en un micro, por ejemplo, y no levantarte en años, quedarte sentado ahí sin tener que moverte, sin tener que comer ni ir al baño, sin necesidad de bañarte ni de cambiarte de ropa, ni de conversar con nadie o tener que estudiar matemáticas, física o química que de todas formas no sirven para nada en la vida real? Como si un instante de satisfacción, como ahora mismo, pudiese extenderse por siempre, como si nos tomaran una fotografía y en ese momento del flash, en ese segundo, nuestro pensamiento quedara impreso en la película y que quedáramos con esa sonrisa y calma de aquel instante por siempre, sin que nada al rededor la perturbe. Aunque la miseria aqueje al resto, aunque una inundación mate a mil personas o un nuevo dictador torture a cientos y lleve al pueblo a la ruina.

No esperaba que ella contestara. Yo sólo hablaba sin cesar tratando de disimular con un gran discurso que ese momento era mágico, que estaba encandilado por ella y que no quería que esa tarde terminara porque me dolía el alma saber que ella se iría a su casa y yo a la inmundicia donde vivía, solo y con frío.

– ¿dónde te tomarías esa foto? – me preguntó de improviso.

-… mmm… no sé, no lo he pensado. Creo que da lo mismo, cualquier lugar, por muy fascinante que sea, al pasar unos días se vuelve cotidiano.- le dije.

-.. yo sí sé…- dijo sonriendo y coloreando su rostro con dos manchitas rojas en sus mejillas. Buscó un segundo en su bolso y sacó un pequeño teléfono móvil.

Se levantó de su silla y la colocó junto a la mía, extendió su brazo hacia adelante y dirigiendo el lente de la pequeña cámara que el celular traía incorporada me dijo “Sonríe”.

Dicen que la gente ve un vaso medio lleno y otra gente ve el vaso medio vacío. Lo único que yo vi fue que ese celular no tenía flash.

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