Aveces suena el timbre y nadie toca la puerta

Evito tener que pensar en la posibilidad de asombrarme por algo. Prefiero mantener las cosas estables, frías, sin cambios. Una vida en la que cada detalle está planificado porque detesto las sorpresas y no tolero los imprevistos.
El plan es sencillo: que todo funcione normal.
El auto tiene sus revisiones periódicas según recomienda el fabricante; quito las hojas del techo antes del invierno; corto la electricidad cuando salgo de casa;  mantengo las colegiaturas de los niños, los impuestos y el pago mensual al cartero siempre al día. No hay motivos para que nadie golpee mi puerta a menos que yo le haya invitado.
Mi esposa no logra ver la arquitectura perfecta en la que su vida se desenvuelve. Simplemente me considera muy ordenado y eso le evita problemas. Siempre tiene el dinero suficiente para las compras del supermercado y para salir de vacaciones en primavera.
No estaría escribiendo esto si no fuera porque un día las cosas se trastocaron, el castillo de naipes se vino abajo, un ave entro por la ventana y alguien tocó la puerta y cambió todo lo que hasta ese día yo había logrado construir.
Aquel día estaba revisando que las ampolletas eléctricas estuvieran todas funcionando cuando me di cuenta de que la ventana de la cocina estaba abierta. Me bajé del piso en el que estaba encaramado y fuí hasta el quicio de la puerta de entrada. Corría un viento que inflaba las cortinas y mecía uno de esos adornos de cuentas colgantes que hacen un delicioso ruido marino cuando se golpean entre sí.
Cuando me di cuenta de que aquel pájaro se había metido por la ventana abierta me volví hacia la terraza y cogí el periódico con el afán de espantarlo con el ruido, sin embargo el timbre de la puerta sonó quitándome la preocupación del pájaro instantáneamente: ¡Alguien golpeaba la puerta!
Mi esposa estaba en casa de su hermana y los niños repartidos en casa de sus amigos ¡Alguien golpeaba la puerta y yo debía abrirla!
Sé que es difícil de entender mi disgusto ante esta trivial situación, pero si hubieran pasado los últimos tres años evitando esta simple situación me comprenderían. Simplemente no podía quedarme parado en medio de la sala, con el periódico en la mano mirando a un pájaro invasor y escuchando como aquel desconocido se aburría de tocar el timbre y comenzaba a golpear la puerta con insistencia.
Me habían prometido que no debía preocuparme por nada, que nadie me molestaría en esta casa, en esta ciudad. Me aseguraron de que no tendría que vivir asustado ni que tendría que vivir mirando sobre mi hombro buscando algún perseguidor. Me juraron, prometieron, aseguraron e incluso firmaron un documento que los responsabilizaba ante cualquier eventualidad… sin embargo ¡Alguien golpeaba la puerta y no pretendía irse!
Me dirigía  a la entrada y sin soltar el diario abrí la puerta fingiendo calma, aparentando una tranquila y natural expresión de pasividad.
“¿Qué desea?”, le dije a las mujeres que estaban del otro lado del quicio.
– ¿quién es usted? – me dijo la que estaba más atrás.
Era una pequeña mujer de unos 35 o 36 años que vestía un vestido simple de color rojo oscuro y que no había logrado combinar nada de su guardarropa aquel día luciendo un par de zapatos azules y un bolso de cuero marrón. Mi esposa se molestaría de saber que de una mirada había repasado todo el vestuario de aquella mujercita de pelo teñido y boca demasiada pintarrajeada para disimular la delgadez de sus labios. No solo no combinaba su ropa, sino que tampoco sus gestos hacían juego con su figura. Estaba erguida sobre ese par de zapatos de tacos altos como si toda su vida hubiera calzado zapatillas. También había algo masculino en su mirada, una resolución en sus ojos delataba la avidez de saber quién era yo más que cualquier otra cosa.
– ¿y quiénes son ustedes señoritas? Si buscan a mi esposa la encontrarán en la tarde, a eso de las 6.
– No venimos por ella,… ni por usted.. se suponía que en esta casa no habría nadie.
-Pero estoy yo, ciertamente.
La segunda mujer inclinaba su cabeza para mirar al interior de la casa sin lograr encontrar lo que parecía esperar ver dentro.
-¡Déjanos entrar! – dijo la pequeña
Sin moverme de la puerta las estudié nuevamente. La segunda mujer seguí intentando ver algo dentro y pude notar que además de ser más alta que la otra, además era más voluptuosa y ciertamente no llevaba sostén ese día. Sonreí al darme cuenta de esto y les pregunté con resolución nuevamente:
-¿Quiénes son y qué quieren?
– Venimos por el pájaro –  contestó la primera evitando decir su nombre.

¿El pájaro? Mi mente recordó el periódico en mi mano derecha, las ampolletas de repuesto en la caja de herramientas, el piso en el que estaba subido antes y a la intrusa ave que habíase colado minutos antes por la ventana.

– El pájaro se fue – respondí maquinalmente – no hay nada que puedan hacer, peo si quieren pasen.

¿¿”Si quieren pasen”???? … Bo sé como de mi boca salieron esas palabras ni como mi cuerpo se movió dándoles espacio para pasar junto a mi hacia el interior. pero ciertamente esas palabras fueron las primeras que dije desde el momento que la vida que había construido por casi tres años comenzó a destrozarse por completo.

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