Como andar en bicicleta

Tanto leer como escribir son cosas que no se olvidan. Esta liviandad sólo me la podrán comprender quienes tras haber sido grandes lectores dejan decaer sus ánimos de leer y el olvido les oxida las pupilas de tal forma que cualquier papel (digital o físico) se transforma en un monte de sal muy difícil de escalar.
Quienes hayan intentado escribir les será más familiar la sensación de frustración que se cierne sobre la cabeza y manos del nóvel autor de cuentos, poemas inocentes y blogs (literarios o no). Carecer de el tema es el fundamento errado en el que nos basamos los perezosos y decaídos autores que no logramos vencer el horror de escribir. Nunca pensé que también conocería el horror de leer, el miedo que se yergue sobre el muro infranqueable del desgano.
Solía ser de esos que andaba siempre con un libro en la mochila. En aquel tiempo cargaba novelas de Agatha Christie, Patrick Süskind, Julio Verne, Kafka, Henry Miller, J.J. Benítez o cualquiera que me cayera en las manos. Leía como si mi labor fuera capturar todo el conocimiento de aquellos personajes, como si tuviera que conocerlos y quererlos para llenar el vacío de la adolescencia. Fui creciendo y comencé a cargar los libros “por si acaso”. No les leía más que en el trayecto del micro a la universidad o de camino a casa en el bus que tardaba dos horas hasta llegar a casa de mi madre. Muchas veces cambiaba mis queridos libros por un par de audífonos y la costumbre de escuchar música se arraigó en mi desplazando de cuajo las paginas amarillentas y las letras mecanografiadas e impresas en papel barato de las ediciones de bolsillo.

Le temo a leer tanto como a intentar pintar o ir al teatro a ver alguna obra de Beckett. Me atormenta la idea de coger un libro que pueda decirme cosas de mi mismo y acertar despiadadamente en alguna faceta de mi ego, de mi personalidad aculta o de algo que prefiero no demostrar. Lamentablemente el temor a los libros es algo infranqueable, estan allí y me llaman tal como la baranda de un piso alto me llama a sentir el vértigo funesto del vacío. No lograré vencerlo nunca pero me mantendré en la batalla tratando de apagacigüarlo con historias inertes o cuentos de acción y evasión tal como lo hacía con las novelas de detectives de la infancia. Me llenaré de esas historias ajenas que distingo muy alejadas de mi en el tiempo y la distancia. Me colmaré de descipciones de manjares exóticos tal y como lleno mi barriga de pan y grasas. Amaré a mil mujeres extrañas y fascinantes, recorreré caminos fantásticos y senderos colmados de anuncios, desiertos torridos y selvas negras y amarillas para olvidar y no pensar en lo que sucede a pocas cuadras de mi casa, para no ver al mendigo anciano que se echa a los pies de la capilla ni a la mujer que besa a los autos al llegar a la avenida Providencia. Cantaré mil canciones en inglés para no saber qué dicen ya que los absurdos poetas tienden a querer inmiscuirse en mis asuntos y recordarme una y otra vez que estoy solo, desnudo y cansado sosteniendo un libro con las páginas en blanco.

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Cuento sin moraleja

Cuento sin moraleja

Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, esloganes, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que habia llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del pais, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

-Vengo a venderle sus últimas palabras -dijo el hombre-. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar facilmente un destino histórico retrospectivo. -Traducí lo que dice- mando el tiranuelo a su interprete. -Habla en argentino, Excelencia. -¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada? -Usted ha entendido muy bien -dijo el hombre-. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos. -Es lástima- dijo el hombre mientras se lo llevaban-. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotas por primera vez y naturalmente, usted no podra decirlas. -¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? -pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café. -Porque el miedo no lo dejará -dijo tristemente el hombre-. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frio, los dientes se le entrechocaran y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso si lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegandole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuales hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.

Cortázar, Julio. “Historias de cronopios y de famas”, 1962

[cine] Gone Baby Gone

Todos mienten.

[Subtítulos en español] [Búsqueda en bittorrent] [ebook en inglés]

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Una pareja de investigadores privados (Casey Affleck y Michelle Monaghan) son contratados para ayudar en la búsqueda de una pequeña niña secuestrada. Van descubriendo a una velocidad vertiginosa una cantidad enorme de detalles que la policía había pasado por alto. Esto hace que comiencen a haber sospechas sobre la verdadera dimensión de este crimen y desencadena un quiebre y una crisis entre la pareja que investiga.

Cuando Ben Affleck hizo “I Killed My Lesbian Wife, Hung Her on a Meat Hook, and Now I Have a Three-Picture Deal at Disney” creo que nadie hubiera pensado lo excelsa que resulta Gone Baby Gone.

Trato de pensar en algo que no me haya gustado de esta película y no encuentro.

Casey Affleck es el protagonista y ya había dado la alta nota con su interpretación del cobarde Bob Ford en The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford. Este Affleck tiene esa cara sarcástica en perpetua ironía de su hermano con un nivel de actuación que lo hace lucirse. Como sabiendo que nada importa, asumiendo que todos mienten, que nadie puede confiar en nadie, que su moral es a prueba de cualquier prueba.

Todos pierden.

Como si fuera poco, apoyan en el reparto el sólido Ed Harris y el viejete que le maneja a la señorita Daisy, Morgan Freeman, quien ha hecho tanta basura pero es tan bueno que se le perdona (ahora aparecerá pronto ehaciendo de Nelson Mandela en The Human Factor (2009, como Lucius Fox en The Dark Knight (2008) y en otra adaptación de comic: Wanted (2008)

Está basada en el libro de Dennis Lehane, quien es conocido en Hollywood por la novela Mystic River que también fue llevada al cine por otro actor que ha resultado ser un sólido director.

“Todos quieren la verdad, hasta que la encuentran”.

El dinero de Henry

Caminar con dinero entre la multitud nocturna, protegido por el dinero, arrullado por el dinero, embotado por el dinero, la propia muchedumbre dinero, el aliento dinero, ni un solo objeto por pequeño que sea, en ninguna parte que no sea dinero, dinero, dinero por todas partes y aún así no es bastante, luego no hay dinero o poco dinero o menos dinero más dinero o no tienes dinero, lo que cuenta es el dinero y el dinero hace dinero, pero ¿que es lo que hace al dinero hacer dinero?

Miller, Trópico de Capricornio

Lo mejor de hoy

Lo mejor de hoy es que hay un mañana. Sí, es una frase cliché, el título peor de una saga de Bond y este post no tiene buen futuro, pero lo que quiero decir es que lo mejor de hoy es que puedo empezar mañana. ¿qué? Lo que sea, da igual, lo importante es dejar el día de hoy para prepararnos para “ese” futuro.

Siempre tenemos cosas pendientes, desde que nos levantamos ya estamos atrasados (sobre todo cuando te despiertas casi a punto de mearte). Siempre vivimos pensando que nos faltó algo, pero olvidamos que lo podemos hacer… ¿cuando? Déjenme pensar… ¡mañana!. Es lo mejor del día y cuando me doy cuenta de eso me relajo, me fumo un cigarro y destapo una cerveza (aunque no fume, da igual, quizá mañana comience a hacerlo).

Ahora lo importante:

Mañana puedo emprender la más grande de mis aventuras. Nunca lo pensé así hasta que ahora lo escribo (siempre he pensado que soy uno de esos genios espontáneos y ahora me lo confirmo ¡soy genial!). Volvamos al punto, que ya me estás distrayendo: mañana comienzo aquello por lo que me recordarán, filmarán una película y me ganaré más enemigos envidiosos que pulgas en un corral. Mañana será como el piloto de la serie que se estaba haciendo, pero mejor, será como la primera escena de la peli que me harán en 5 años más, antes de morir conduciendo un estupendo minicooper rojo con lenguas de fuego asomándose desde las ruedas delanteras (sobre la homocinética que anda un poco extraña y debería ir a a que la revisen). En esta primera secuencia veremos un plano cerrado de mis manos sobre un teclado igual a este y un teclear frenético de ideas extravagantes y poco precisas, pero geniales y cáusticas. Habrá un cigarrillo encendido en un completo error histórico ya que jamás he comprado una cajetilla en mi vida, pero el director pondrá humo para darle ambiente a la escena. ¡y qué escena! es la primera y más trendy de todas. En la pantalla solo se lee una linea de texto en tipografía apple garamond, cuerpo 12 que dice misteriosamente “Lo mejor de hoy”.

Toca el piano borracho

TOCA EL PIANO BORRACHO COMO UN INSTRUMENTO DE PERCUSIÓN HASTA QUE LOS DEDOS TE EMPIECEN A SANGRAR UN POCO .

Dentro de los pendientes por leer está este eBook de poemas de Bukowski que encontré hace un buen tiempo en katarsis, pero como al parecer la página está caida les dejo aquí el enlace de la descarga directa.

El libro original fue editado en 1979 por Black Sparrow Press y nunca ha tenido edición oficial en español, la traducción es de Eduardo Espinoza Lecca y María García y la edición es completamente jugada a transgredir derechos de autorcon tal de la difusión de la poesía. Un acto poético en la era de los abogados de traje café y dientes amarillos.