Justicia Fútbol Club

Se acerca el mundial y vuelve la esperanza. Olvidamos la reconstrucción y las penas propias se alejan momentáneamente para dar paso a las colectivas, a fallos históricos, a traumas nacionales.

El terremoto no puede competir contra el mundial. El terremoto nos afectó a unos de distinta forma que a otros. A muchos no nos sucedió nada más que el susto y otros quedaron sin un lugar donde vivir. Pero el mundial es justo y solidario: “Todos jugamos, todos sufrimos, TODOS PERDEMOS”.

Los anunciantes acaramelaran sus promociones con emotivas canciones futboleras de esperanza y triunfo. Nos aseguran que ver los partidos en 42 pulgadas de HD es como estar allí mismo en Sudáfrica apoyando en vivo a la selección. Si nos compramos la camiseta roja podrán verla desde  otro continente porque “el país entero se tiñe de rojo”, si bebemos coca cola… bueno,no te metas con la coca cola mejor…

La unidad nacional siempre es solidaria. Cuando no pasemos a la siguiente vuelta nos haremos de camisetas argentinas o brasileñas porque, a fin de cuentas, el espíritu bolivariano nos insufla, finalmente  todos somos hermanos (en la victoria).

Estos días se verán las cosas más bellas. Las mujeres serán más hermosas (si permanecen calladas), los futbolistas serán mejores jugadores (si no pierden), los jefes serán buena onda (si nos dejan ver los partidos en la oficina), los compañeros más amigos (si opinan lo mismo que nosotros del resultado de los partidos), la televisión será mejor en sus contenidos (si repite más veces los goles y hace entrevistas a las mamás y novias de los jugadores).

Ya comenzó la cuenta regresiva. Ponte la camiseta y prende la tele.

Anuncios

La última promo

Solemos hablar de cine, deportes, series de tv  o de las modelos de Yingo tomando partido, opinando a favor o en contra. Siempre con una opinión crítica de cómo jugó Mark, de lo bueno que es ver bailar mal a la Barrientos o de cómo terminó Elisa.

Recuerdo que antiguamente esto también solíamos hacerlo con los comerciales. Eramos entusiastas seguidores de las tandas de avisos que duraban 15 minutos. Esperábamos babeando que salieran las tres modelos del “1, 2, 3 de Entel, nos admirábamos de la producción del comercial de Interamericana de Vapores o le gritábamos “cómprate un auto, Perico” a algún ciclista desprevenido.

Actualmente no esperamos que la publicidad nos encante o nos entretenga, sencillamente esperamos de ella que nos informe de la última promoción disponible. Las empresas no se arriesgan a divertirnos con un gag de 45 segundos, prefieren ir a la segura dándonos datos que, mirándose el ombligo, nos arrojan creyendo que nos interesan.

Y ¿nos interesan? ¿compramos más bolsas de minutos? ¿más gasolina para poder viajar a Punta Cana? ¿más carnes rojas en el día de las carnes rojas por un suculento 10% de descuento? ¿damos 10 pasos más para ir a Salcobrand en lugar de Cruzverde porque los Pampers vienen con un estupendo pack de toallas húmedas?

Hace unos años escuché de un diseñador algo que cada día me hace más sentido: “Olvídate de intentar hacer algo creativo (…) en Chile no se hace publicidad (…) aquí sólo se hacen promos”.

Me comienza a picar la curiosidad. ¿Realmente este mercado no evoluciona junto con los mercados a los que atiende? ¿será que las empresas le perdieron la fe a sus agencias creativas?

Como andar en bicicleta

Tanto leer como escribir son cosas que no se olvidan. Esta liviandad sólo me la podrán comprender quienes tras haber sido grandes lectores dejan decaer sus ánimos de leer y el olvido les oxida las pupilas de tal forma que cualquier papel (digital o físico) se transforma en un monte de sal muy difícil de escalar.
Quienes hayan intentado escribir les será más familiar la sensación de frustración que se cierne sobre la cabeza y manos del nóvel autor de cuentos, poemas inocentes y blogs (literarios o no). Carecer de el tema es el fundamento errado en el que nos basamos los perezosos y decaídos autores que no logramos vencer el horror de escribir. Nunca pensé que también conocería el horror de leer, el miedo que se yergue sobre el muro infranqueable del desgano.
Solía ser de esos que andaba siempre con un libro en la mochila. En aquel tiempo cargaba novelas de Agatha Christie, Patrick Süskind, Julio Verne, Kafka, Henry Miller, J.J. Benítez o cualquiera que me cayera en las manos. Leía como si mi labor fuera capturar todo el conocimiento de aquellos personajes, como si tuviera que conocerlos y quererlos para llenar el vacío de la adolescencia. Fui creciendo y comencé a cargar los libros “por si acaso”. No les leía más que en el trayecto del micro a la universidad o de camino a casa en el bus que tardaba dos horas hasta llegar a casa de mi madre. Muchas veces cambiaba mis queridos libros por un par de audífonos y la costumbre de escuchar música se arraigó en mi desplazando de cuajo las paginas amarillentas y las letras mecanografiadas e impresas en papel barato de las ediciones de bolsillo.

Le temo a leer tanto como a intentar pintar o ir al teatro a ver alguna obra de Beckett. Me atormenta la idea de coger un libro que pueda decirme cosas de mi mismo y acertar despiadadamente en alguna faceta de mi ego, de mi personalidad aculta o de algo que prefiero no demostrar. Lamentablemente el temor a los libros es algo infranqueable, estan allí y me llaman tal como la baranda de un piso alto me llama a sentir el vértigo funesto del vacío. No lograré vencerlo nunca pero me mantendré en la batalla tratando de apagacigüarlo con historias inertes o cuentos de acción y evasión tal como lo hacía con las novelas de detectives de la infancia. Me llenaré de esas historias ajenas que distingo muy alejadas de mi en el tiempo y la distancia. Me colmaré de descipciones de manjares exóticos tal y como lleno mi barriga de pan y grasas. Amaré a mil mujeres extrañas y fascinantes, recorreré caminos fantásticos y senderos colmados de anuncios, desiertos torridos y selvas negras y amarillas para olvidar y no pensar en lo que sucede a pocas cuadras de mi casa, para no ver al mendigo anciano que se echa a los pies de la capilla ni a la mujer que besa a los autos al llegar a la avenida Providencia. Cantaré mil canciones en inglés para no saber qué dicen ya que los absurdos poetas tienden a querer inmiscuirse en mis asuntos y recordarme una y otra vez que estoy solo, desnudo y cansado sosteniendo un libro con las páginas en blanco.

a inscribirse

Aquí estoy, después de un decepcionante día de votaciones en Chile en el que todo un pais hace llorar a Dios en las alturas.

Lamentable.

Es lamentable oir las razones de algunas personas para votar por Piñera: “que dejen de robar los de siempre”

– Pero ahora robarán los de derecha

-Eso no lo sabes – dicen con mirada de niño ingenuo y realmente con la incertidumbre en su mente- … bueno, pero si roban al menos no serán los mismos que llevan robando hasta ahora.

Es lamentable que roben, pero es más lamentable que un 20 o 30 % de la población diga que prefiere que roben otros a que “No Roben”. Nadie debe robar y lo más importante: No debemos dejarnos robar.

Es por eso que hoy debo averiguar donde y cuando inscribirme en los Registros Electorales. No porque con mi voto pueda lograr algo, sino porque vivimos en un pais donde es más importante la voz que el voto, pero alguna gente estúpida cree que que no es válido el primero sin el segundo.

¡Volví!

Finalmente he recuperado mi(s) blog(s).

Al ingresar a wordpress el sistema me señalaba como “usuario eliminado”. No habría sido nada nuevo salvo por el hecho de que mis blogs seguían online.

Pasaba por unos días malos en el trabajo y dejé esta anomalía pasar ya que mi actividad como bloguer era casi nula.

Hoy, luego de muchos meses volví a intentarlo y pude reingresar por la puerta trasera y cambiando mi clave.
Veremos si solo fue una cosa de sistema o algo más. Por ahora: ¡He vuelto!